Fallecimiento Madre Marta Volver

Despedida a Madre Marta

El 27 de abril pasado, la madre Marta Campi inició su viaje de encuentro con el Santísimo, luego de 94 años de vida, luz y entrega. Proveniente de una familia numerosa supo ser en vida un espacio de sostén y cuidado para muchas personas. Al igual que en la parábola del evangelio de la semilla pequeña que se convierte en un árbol frondoso que brinda cobijo a muchos.
Durante su sepelio y entierro se pudieron escuchar y compartir numerosos testimonios acerca de la profunda huella que dejó en quienes tuvieron la dicha de haberla conocido y frecuentado.
Con un alma intensamente misericordiosa, hizo a todos sentirse valiosos, no importaba la edad o condición social, prestaba la misma atención a una alumna de nivel primario, a una conserje del colegio o a alguien que ejerciera una importante función pública. Fue sostén en momentos de debilidad, crisis o dificultad. Sorprendió por su humildad, su sencillez, su trato igualitario, y su insistencia en no ser tratada con el título de madre sino simplemente hermana.
Sus palabras fueron salvadoras, educadoras y formadoras. Con firmeza ayudó a corregir siempre desde el cariño. Sumó su experiencia de fraternidad a quienes acompañan en el cuidado de las hermanas mayores, con quienes supo ser madre, hermana y en el último tiempo “hija”.
Provocó profunda admiración por la pureza de su fe, por su mirada puesta en Jesucristo, el centro de su vida. Supo fijarse en lo esencial del evangelio sin detenerse en aspectos que la distrajeran del corazón de su fe en Dios. Amó profundamente el proyecto de vida al que se sintió llamada y la vida consagrada según el carisma dominicano.
Supo desarrollar un corazón comprensivo, pidiendo a Dios como el rey Salomón: “Concede a tu siervo un corazón comprensivo, enséname a escuchar para que sepa gobernar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal” (1º Reyes, 3,9). Este corazón comprensivo le permitió orientarse en el mundo, y por ello fue siempre “contemporánea” al tiempo que le tocó vivir. Supo estar en armonía con cada época, porque buscó dialogar permanentemente con la esencia de cada momento histórico. Hasta sus 94 años Marta buscó comprender el tiempo presente, descifrar su sentido oculto, sus signos imperceptibles.
No quiso quedar fuera del tren de la historia y cuando a causa de una enfermedad tuvo dificultad para leer, buscó que le instalaran en su computadora un programa para no videntes. Tomó clases sin cansancio para poder aprender a utilizarlo. Y con ese mismo espíritu apoyó cada iniciativa, cada nuevo proyecto de la Congregación. No tuvo temor a los cambios, los supo acompañar con prudencia.
Fue una hermana entre las hermanas, disfrutó de cada momento: de la oración común, de las mesas fraternas, de las tardes con mates compartidos. Fue una incansable organizadora de paseos. Cuentan, quienes estuvieron a su lado, que cuando cumplió 90 años pidió de regalo un viaje a Merlo porque una amiga le había dicho que era un hermoso lugar.
Amó profundamente la vida, nunca tuvo problemas de ponerse a limpiar, preparar los pancitos de anís, el postre de chocolinas, el flan de leche condensada o sus tradicionales “tragos” para las fiestas comunitarias.
Supo prepararse con mucha lucidez y buen humor para su último viaje. Durante ese tiempo se la vio leer atentamente un libro titulado “aprendiendo a envejecer”. Con emoción y congoja se la escuchó decir, hace unos pocos meses “ya estoy lista para partir, me he confesado y estoy en paz….lo único que le dije a Dios que no me lleve en las fiestas para no arruinarles este momento tan lindo del año” sus palabras no hicieron más que mostrarla como faro, que eternamente continuará enviando señales para quienes sepan descifrarlas y acogerlas. Ella permanecerá en la memoria de toda su familia dominica como la discípula fiel de Jesucristo, quien enseñó a vivir sin cálculos y con desmesura.
Las palabras que dijera la hermana Cinthya Folquer, para un medio de comunicación de esta provincia, cierran con gala el homenaje que este texto ha pretendido ser. “La vida de Marta Campi se entronca en una genealogía de mujeres herederas e iniciadoras de un camino espiritual que impregnó la vida de muchas generaciones en Tucumán. Esta genealogía se remonta al siglo XIX, a Elmina Paz de Gallo y a varias mujeres fundadoras de conventos y colegios, emprendedoras, que con libertad y autoridad generaron proyectos audaces; mujeres que inspiraron acciones transformadoras en distintas provincias”.

 

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